John Barleycorn by Jack London

John Barleycorn by Jack London

autor:Jack London [London, Jack]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Crónica, Memorias
editor: ePubLibre
publicado: 1912-12-31T16:00:00+00:00


18

Mi empecinamiento en regresar a los muelles de Oakland se tradujo en conocimiento de aquellas muertes. Ya no me agradaba lo que se veía por allí, aquella vida. No deseaba beber, no deseaba vagabundear por los aledaños del muelle; quería volver a la biblioteca pública de Oakland y estarme allí leyendo libros. Dijo mi madre que ya había satisfecho mis deseos salvajes, que había estado mucho tiempo perdido por ahí, y que me había llegado la hora de un trabajo fijo. Por otra parte, mi familia necesitaba de nuevo el dinero. Así pues, conseguí trabajo en un molino de yute, a diez centavos la hora durante diez horas diarias. A pesar del tiempo transcurrido y de que ya no era un chiquillo, no cobraba más de lo que me habían pagado en la fábrica de frutas en conserva varios años atrás. Pero en aquel trabajo, y en el plazo de pocos meses, podría ganar un dólar y algo más al día. Eso me prometieron.

En lo que a John Barleycorn concierne, aquel fue un periodo de completa abstinencia. Estuve meses enteros sin probar un solo trago. Aún no había cumplido dieciocho años, tenía fuertes músculos, buena salud, trabajaba como una bestia y, al igual que cualquier animal joven, necesitaba expansionarme, divertirme, excitarme, salir de entre los libros y el trabajo mecánico.

Ingresé entonces en el Y.M.C.A.[4] Allí se hacía una vida saludable y atlética, pero excesivamente juvenil. Yo era muy mayor para aquello, había evolucionado mucho. No era un niño, tampoco un adolescente; había vivido mucho. Había crecido entre hombres extraordinariamente duros. Y conocía cosas misteriosas, violencias. Me encontraba con una vida a mis espaldas, que era la antítesis de la vida en la que estaban envueltos aquellos jóvenes del Y.M.C.A. El mío era otro lenguaje, estaba en posesión de una sabiduría hecha a medias de tristeza y aventura. (Ahora, cuando recuerdo todo aquello, pienso que nunca tuve niñez). Veía a los chicos del Y.M.C.A. como sujetos pueriles; como jóvenes muy simples. La comunicación resultaba imposible. Puede que me aventajaran en estudios, pero yo había sacado más provecho de los libros de lo que ellos consiguieran. Poseían cierta experiencia y un excelente desarrollo físico, pero esa experiencia y ese desarrollo mental que también tenían, se anulaba ante aquella estricta moralidad en la que habían sido educados, e incluso por la práctica de tanto deporte saludable.

Además, no podía jugar con muchachos de un grado superior. La vida espléndida que ellos se daban, a mí me era denegada porque aún no tenía su edad, aunque gracias a John Barleycorn tenía un mayor conocimiento de la existencia que ellos. Había vivido demasiado en aquella juventud mía. Y allí, sirviendo a los buenos tiempos que se acercaban, cuando fuera eliminado el alcohol de entre las necesidades de los hombres y de entre sus instituciones, allí estaría el Y.M.C.A., junto a otras agrupaciones similares, dedicadas todas ellas a cultivar la virilidad, a recoger a los hombres que antes se congregaban en los bares para encontrarse consigo mismo y para encontrarse con otros.



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